Un cuento de los hermanos Grimm
Había una vez una familia con siete hijos varones. Tras muchos años de esperar, nació por fin una niña, pero era tan pequeña y enfermiza que pensaron que no sobreviviría. Los padres decidieron bautizarla de inmediato, pero necesitaban agua bendita.
El padre envió a los siete hermanos al pozo sagrado con una jarra, pero ellos comenzaron a pelear porque todos querían llevar el agua. La jarra cayó al suelo y se hizo añicos. Tardaban tanto en regresar que el padre, angustiado, exclamó sin pensar:
“¡Ojalá se conviertan en cuervos!”
Y al instante, los siete hermanos se transformaron en cuervos y volaron lejos.

La niña creció sin saber nada de sus hermanos. Un día, al oír rumores, su madre le confesó lo sucedido. Entonces, la niña decidió buscarlos. Viajó por montañas, cruzó valles y pidió ayuda al sol, a la luna y a las estrellas. Finalmente, la estrella de la mañana le dio una llave de cristal para entrar a una montaña encantada.
Cuando llegó a la montaña, la niña perdió la llave. Pero, sin rendirse, buscó entre sus cosas y usó la hebilla que llevaba en el cabello para abrir la puerta. Con esfuerzo, logró girarla y entrar.
Dentro encontró una sala encantada donde vivían sus hermanos convertidos en cuervos. Al ver un anillo que había pertenecido a ella en el dedo de uno de los cuervos, se reconocieron.
Gracias a su valentía, perseverancia y al amor que los unía, el hechizo se rompió. Los hermanos recuperaron su forma humana y todos volvieron a casa, felices de estar juntos otra vez.
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