El secreto de la serenidad

En una aldea tranquila entre montañas, vivía un niño de once años llamado Marek. Era inteligente y generoso, pero tenía un problema: su carácter estallaba con facilidad. Si algo no salía como quería, se enfadaba tanto que gritaba, discutía o se iba con el ceño fruncido.

Un día, mientras jugaba fútbol, un amigo no le pasó la pelota. Marek se enojó tanto que empujó al niño y gritó:

—¡Siempre haces lo mismo! ¡Parece que no existo!

Sus amigos se quedaron en silencio. Uno de ellos le dijo:

—Marek, solo estábamos jugando… No es para tanto.

Pero Marek ya se había ido, pateando piedras y con los ojos llenos de rabia.

Esa tarde, su abuela le habló con calma:

—Pequeño león, no puedes seguir dejando que la furia te controle. Hay una mujer muy sabia, vive más allá del bosque. Quizás ella pueda ayudarte.

Marek aceptó. Quería cambiar, aunque no sabía cómo.

Al día siguiente, fue en busca de la mujer. Caminó bajo el sol hasta encontrar una cabaña sencilla rodeada de flores silvestres. La mujer, de rostro arrugado y ojos sabios, lo esperaba sentada bajo un árbol.

—Bienvenido, Marek. ¿Qué te trae por aquí?

—Me enfado por todo. No quiero, pero no sé cómo evitarlo —respondió él.

La mujer lo miró con una sonrisa serena y le dijo:

—¿Podrías mostrarme tu ira ahora mismo?

—¡No puedo hacerlo ahora! No estoy enojado.

—Para ayudarte, necesito ver tu enojo. Regresa cuando te sientas enfadado.

Al día siguiente, tras regresar de la escuela, Marek volvió a pelear con sus amigos. Estaba realmente enfadado, pero recordó lo que le había dicho la mujer sabia, y corrió colina arriba para mostrarle su ira.

—¿Ahora sí puedes mostrarme tu rabia?

—No sé qué sucedió, sentía muchísimo enojo, pero desapareció.


—Entonces debes correr más rápido cuando aparezca tu ira, de lo contrario no podré ayudarte.

Y así lo hizo. Marek volvió a enfadarse y corrió una y otra vez, pero pero la ira desaparecía cuando llegaba a la casa de la anciana.

—¿Dónde está tu enojo ahora, Marek?

—No lo sé… desapareció.

La mujer sonrió.
—Cuando el cuerpo se mueve, la rabia se va. Si quieres dominar tu enojo, deja que tu cuerpo lo ayude a salir. Corre, salta. La serenidad también se entrena.

—¿Eso es todo?

—Sí, eso es todo.

Desde ese día, cada vez que Marek sentía la rabia subir, corría al árbol más cercano y volvía más tranquilo. Sus amigos lo notaron. Ya no gritaba, ni se enfadaba por todo.

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