Versión adaptada del Panchatantra
Había una vez una tortuga que vivía en un estanque rodeado de árboles y flores. Aunque llevaba una vida tranquila, hablaba todo el tiempo, sin parar.
Un día, dos cisnes blancos descendieron del cielo y se posaron en el estanque. La tortuga, curiosa y habladora, les hizo miles de preguntas. Los cisnes, amables y sabios, respondían con paciencia.
Con el paso de los días, se hicieron amigos. Pero llegó una temporada muy seca, y el agua del estanque comenzó a desaparecer. Los cisnes decidieron volar a un lago lejano y fresco, y querían llevar a la tortuga con ellos.
—Pero… ¿cómo volaré yo, que no tengo alas? —preguntó preocupada la tortuga.
Los cisnes pensaron una solución: llevarían un palo fuerte entre sus picos, y la tortuga se sujetaría con la boca en el centro. Pero le advirtieron algo muy importante:
—No hables durante el vuelo, por nada del mundo. Si abres la boca, caerás.
La tortuga aceptó. Estaba decidida a llegar al nuevo lago.
Así, los cisnes tomaron el palo con sus picos, y la tortuga se agarró fuerte en medio. Volaron por el cielo, sobre campos, casas y colinas.
La gente, al ver algo tan curioso en el aire, comenzó a gritar:
—¡Miren! ¡Una tortuga volando! ¡Qué raro!
La tortuga quiso responder, como siempre. Quería explicar que eran sus amigos quienes la ayudaban, que ella también tenía algo que decir…
Abrió la boca para hablar… ¡y cayó al suelo!

Por suerte, no se hizo daño, pero se sintió triste y avergonzada. Más tarde, cuando los cisnes regresaron a buscarla, ella ya había aprendido una gran lección:
—A veces, lo más sabio es guardar silencio —dijo la tortuga—. Pensar antes de hablar puede salvarnos de caer.
Los cisnes sonrieron y esta vez, cuando alzaron el vuelo juntos, la tortuga no dijo ni una palabra.
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