Una fábula de Esopo
Había una vez, junto a la orilla de un río sereno, un enorme árbol de tronco ancho y ramas fuertes llamado Encina. Era tan alto, que parecía rozar las nubes. Todos los animales del bosque lo admiraban y se cobijaban bajo su sombra.
—¡Miren qué fuerte soy! —decía la Encina—. Nadie puede doblarme, ni siquiera el viento más feroz. Mis raíces llegan hasta el corazón de la tierra.
A su lado, en la orilla, crecía un grupo de juncos delgados y verdes que se movían suavemente con la brisa. Uno de ellos, llamado Junco, escuchaba con respeto.
—Es cierto que eres fuerte, amiga Encina —dijo el Junco con una voz tranquila—, pero yo también tengo mi forma de resistir. Cuando viene el viento, me dejo llevar… me inclino, pero no me rompo.
La Encina rió fuerte.
—¡Eso es porque eres débil! —exclamó—. Yo nunca me doblaría como tú.
Pasaron los días y el cielo comenzó a oscurecerse. Se avecinaba una gran tormenta.

El viento llegó silbando con furia, moviendo todo a su paso. Los árboles se sacudían, las hojas volabany el río se agitaba.
El Junco, como siempre, se inclinó con humildad, dejando que el viento pasara por encima. Pero la Encina, orgullosa, se mantuvo rígida, resistiendo con toda su fuerza.
—¡Yo no me rindo! —gritó—. ¡Yo soy la más fuerte del bosque!
Pero el viento no se detuvo. Sopló con más fuerza, hasta que con un gran crujido… ¡CRAAAC!… la poderosa Encina se partió y cayó al suelo.
Al día siguiente, cuando volvió la calma, el Junco seguía en pie. Miró con tristeza el gran tronco de la Encina en el suelo.
—Ser fuerte es bueno —susurró—, pero también lo es saber cuándo ceder… Ser humilde no es ser débil, es saber adaptarse.
Y así, el Junco vivió muchos años más, enseñando a otros que todos tienen valor, y que la sabiduría, a veces, está en ser flexibles.
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