Había una vez, en un reino de arenas doradas y palacios brillantes, un sultán sabio y justo que adoptó a una niña llamada Nurunniar. Gracias al amor y educación del sultán, Nurunniar se convirtió en una joven inteligente, creativa y amaba aprender. Todos en el reino la admiraban por su bondad y su alegría.
Pero un día, Nurunniar enfermó de repente. Perdió el brillo de su voz y la fuerza de su cuerpo. Ningún médico sabía cómo curarla.
El sultán estaba muy preocupado y llamó a sus tres sobrinos: Husán, el mayor, reflexivo y buen líder; Alí, el del medio, curioso y observador; y Amed, el menor, sensible y generoso.
—Queridos sobrinos —les dijo el sultán—, quien logre encontrar el objeto más valioso para curar a Nurunniar podrá casarse con ella… si ella también lo desea.
Los tres príncipes aceptaron con respeto, y partieron en direcciones distintas, prometiendo volver en un año.
El viaje de Husán
Husán viajó por desiertos ardientes, escaló montañas y cruzó tormentas de arena. Un día, en un mercado escondido entre palmeras, conoció a un anciano que le mostró una alfombra mágica.
—Esta alfombra puede volar —le dijo—, y llevarte a donde tu corazón necesite llegar.
Husán pensó que si la princesa se agravaba, este objeto podría salvarla rápidamente. Así que la compró, y continuó buscando más, pero no halló nada tan útil como eso.
El descubrimiento de Alí
Alí viajó por islas flotantes y ciudades sobre el agua. En una biblioteca secreta, encontró a una sabia que le ofreció un catalejo de marfil.
—Con este podrás ver todo lo que sucede en el mundo, aunque esté muy lejos —le explicó.
Alí agradeció, y comenzó a usarlo cada noche para mantenerse al tanto del estado de Nurunniar.
El regalo de Amed
Amed caminó por bosques perfumados, ayudando a quien lo necesitaba. En una aldea de curanderos, una mujer le mostró una manzana roja:
—Esta fruta no se come, pero si alguien la huele, sanará cualquier dolencia.
Amed pensó en Nurunniar y sintió esperanza. La guardó con cuidado en una caja de madera perfumada, y emprendió el viaje de regreso.
El reencuentro
Pasado el año, los tres hermanos se encontraron.
Alí usó su catalejo y exclamó:
—¡Nurunniar está muy débil! No hay tiempo que perder.
Subieron todos en la alfombra mágica de Husán, que los llevó volando sobre ríos y nubes hasta el palacio. Una vez allí, Amed sacó su manzana curativa y la acercó a la princesa. Ella la olió, y poco a poco, su rostro recuperó el color, y su sonrisa volvió.
El sultán, con lágrimas en los ojos, abrazó a la joven y a sus sobrinos.
—Habéis hecho algo maravilloso —dijo—. Pero ahora debo decidir quién de ustedes merece casarse con Nurunniar.
Pero antes de que hablara más, la princesa se levantó y dijo con voz serena:
—Gracias a cada uno de ustedes. Sin el catalejo, nunca habrían sabido de mi estado. Sin la alfombra, no habrían llegado a tiempo. Y sin la manzana, yo no estaría aquí. Todos han sido valientes y generosos.
Los tres príncipes la miraron con cariño.
—¿Y tú, Nurunniar? —preguntó el sultán— ¿Qué deseas?
La princesa miró a cada uno de los jóvenes, y sonrió.
—Necesito tiempo para pensar y conocerlos mejor. Esta decisión no debe ser apresurada… y quizás el amor aún no esté aquí, pero puede llegar de otra forma.
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