Hace mucho, mucho tiempo, en el cielo vivía la Luna, una joven de luz brillante y mirada dulce. A su lado siempre estaba Kuatsumi, un espíritu alegre y bondadoso.
La Luna y Kuatsumi eran inseparables: jugaban entre las estrellas, paseaban por los caminos de plata que forman los cometas y se contaban historias hasta quedarse dormidos bajo el manto del universo.
Se querían tanto, que todos los astros los miraban con ternura.
Pero había un espíritu que no compartía esa alegría. Al ver cuánto se amaban la Luna y Kuatsumi, empezó a sentir envidia. No soportaba verlos felices, y en su corazón creció un deseo oscuro: quería separar a la pareja para quedarse con la Luna.
Una noche, el espíritu envidioso se acercó a Kuatsumi y le susurró:
—Mira, ¿ves esas flores blancas en la Tierra? ¡Cuánto las contempla la Luna! Seguro que si tú se las llevaras, ella sería todavía más feliz.
Kuatsumi, que solo pensaba en alegrar a su amada, no dudó ni un instante. Descendió hacia la Tierra en busca de aquellas flores, sin sospechar que nunca podría volver al cielo.
Cuando la Luna preguntó por su amado, el espíritu le dijo con falsa compasión:
—Kuatsumi bajó a la Tierra… pero no regresará jamás.
La Luna sintió un dolor tan grande que decidió quedarse para siempre cerca del planeta, iluminando las noches. Desde entonces, cada vez que miramos al cielo nocturno, vemos a la Luna buscando con paciencia a su querido Kuatsumi, con la esperanza de volver a encontrarlo.
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