Categoría: cuentos infantiles

  • La leyenda de la Luna y Kuatsumi

    La leyenda de la Luna y Kuatsumi

    Hace mucho, mucho tiempo, en el cielo vivía la Luna, una joven de luz brillante y mirada dulce. A su lado siempre estaba Kuatsumi, un espíritu alegre y bondadoso.

    La Luna y Kuatsumi eran inseparables: jugaban entre las estrellas, paseaban por los caminos de plata que forman los cometas y se contaban historias hasta quedarse dormidos bajo el manto del universo.
    Se querían tanto, que todos los astros los miraban con ternura.

    Pero había un espíritu que no compartía esa alegría. Al ver cuánto se amaban la Luna y Kuatsumi, empezó a sentir envidia. No soportaba verlos felices, y en su corazón creció un deseo oscuro: quería separar a la pareja para quedarse con la Luna.

    Una noche, el espíritu envidioso se acercó a Kuatsumi y le susurró:

    —Mira, ¿ves esas flores blancas en la Tierra? ¡Cuánto las contempla la Luna! Seguro que si tú se las llevaras, ella sería todavía más feliz.

    Kuatsumi, que solo pensaba en alegrar a su amada, no dudó ni un instante. Descendió hacia la Tierra en busca de aquellas flores, sin sospechar que nunca podría volver al cielo.

    Cuando la Luna preguntó por su amado, el espíritu le dijo con falsa compasión:

    —Kuatsumi bajó a la Tierra… pero no regresará jamás.

    La Luna sintió un dolor tan grande que decidió quedarse para siempre cerca del planeta, iluminando las noches. Desde entonces, cada vez que miramos al cielo nocturno, vemos a la Luna buscando con paciencia a su querido Kuatsumi, con la esperanza de volver a encontrarlo.

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  • Los tres príncipes y la princesa Nurunniar

    Los tres príncipes y la princesa Nurunniar

    Había una vez, en un reino de arenas doradas y palacios brillantes, un sultán sabio y justo que adoptó a una niña llamada Nurunniar. Gracias al amor y educación del sultán, Nurunniar se convirtió en una joven inteligente, creativa y amaba aprender. Todos en el reino la admiraban por su bondad y su alegría.

    Pero un día, Nurunniar enfermó de repente. Perdió el brillo de su voz y la fuerza de su cuerpo. Ningún médico sabía cómo curarla.

    El sultán estaba muy preocupado y llamó a sus tres sobrinos: Husán, el mayor, reflexivo y buen líder; Alí, el del medio, curioso y observador; y Amed, el menor, sensible y generoso.

    —Queridos sobrinos —les dijo el sultán—, quien logre encontrar el objeto más valioso para curar a Nurunniar podrá casarse con ella… si ella también lo desea.

    Los tres príncipes aceptaron con respeto, y partieron en direcciones distintas, prometiendo volver en un año.

    El viaje de Husán

    Husán viajó por desiertos ardientes, escaló montañas y cruzó tormentas de arena. Un día, en un mercado escondido entre palmeras, conoció a un anciano que le mostró una alfombra mágica.

    —Esta alfombra puede volar —le dijo—, y llevarte a donde tu corazón necesite llegar.

    Husán pensó que si la princesa se agravaba, este objeto podría salvarla rápidamente. Así que la compró, y continuó buscando más, pero no halló nada tan útil como eso.

    El descubrimiento de Alí

    Alí viajó por islas flotantes y ciudades sobre el agua. En una biblioteca secreta, encontró a una sabia que le ofreció un catalejo de marfil.

    —Con este podrás ver todo lo que sucede en el mundo, aunque esté muy lejos —le explicó.

    Alí agradeció, y comenzó a usarlo cada noche para mantenerse al tanto del estado de Nurunniar.

    El regalo de Amed

    Amed caminó por bosques perfumados, ayudando a quien lo necesitaba. En una aldea de curanderos, una mujer le mostró una manzana roja:

    —Esta fruta no se come, pero si alguien la huele, sanará cualquier dolencia.

    Amed pensó en Nurunniar y sintió esperanza. La guardó con cuidado en una caja de madera perfumada, y emprendió el viaje de regreso.

    El reencuentro

    Pasado el año, los tres hermanos se encontraron.

    Alí usó su catalejo y exclamó:
    —¡Nurunniar está muy débil! No hay tiempo que perder.

    Subieron todos en la alfombra mágica de Husán, que los llevó volando sobre ríos y nubes hasta el palacio. Una vez allí, Amed sacó su manzana curativa y la acercó a la princesa. Ella la olió, y poco a poco, su rostro recuperó el color, y su sonrisa volvió.

    El sultán, con lágrimas en los ojos, abrazó a la joven y a sus sobrinos.

    —Habéis hecho algo maravilloso —dijo—. Pero ahora debo decidir quién de ustedes merece casarse con Nurunniar.

    Pero antes de que hablara más, la princesa se levantó y dijo con voz serena:

    —Gracias a cada uno de ustedes. Sin el catalejo, nunca habrían sabido de mi estado. Sin la alfombra, no habrían llegado a tiempo. Y sin la manzana, yo no estaría aquí. Todos han sido valientes y generosos.

    Los tres príncipes la miraron con cariño.

    —¿Y tú, Nurunniar? —preguntó el sultán— ¿Qué deseas?

    La princesa miró a cada uno de los jóvenes, y sonrió.

    —Necesito tiempo para pensar y conocerlos mejor. Esta decisión no debe ser apresurada… y quizás el amor aún no esté aquí, pero puede llegar de otra forma.

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  • La Encina y el Junco

    La Encina y el Junco

    Una fábula de Esopo

    Había una vez, junto a la orilla de un río sereno, un enorme árbol de tronco ancho y ramas fuertes llamado Encina. Era tan alto, que parecía rozar las nubes. Todos los animales del bosque lo admiraban y se cobijaban bajo su sombra.

    —¡Miren qué fuerte soy! —decía la Encina—. Nadie puede doblarme, ni siquiera el viento más feroz. Mis raíces llegan hasta el corazón de la tierra.

    A su lado, en la orilla, crecía un grupo de juncos delgados y verdes que se movían suavemente con la brisa. Uno de ellos, llamado Junco, escuchaba con respeto.

    —Es cierto que eres fuerte, amiga Encina —dijo el Junco con una voz tranquila—, pero yo también tengo mi forma de resistir. Cuando viene el viento, me dejo llevar… me inclino, pero no me rompo.

    La Encina rió fuerte.

    —¡Eso es porque eres débil! —exclamó—. Yo nunca me doblaría como tú.

    Pasaron los días y el cielo comenzó a oscurecerse. Se avecinaba una gran tormenta.

    Una fábula de Esopo para hablar con las niñas y los niños sobre la humildad.



    El viento llegó silbando con furia, moviendo todo a su paso. Los árboles se sacudían, las hojas volabany el río se agitaba.

    El Junco, como siempre, se inclinó con humildad, dejando que el viento pasara por encima. Pero la Encina, orgullosa, se mantuvo rígida, resistiendo con toda su fuerza.

    —¡Yo no me rindo! —gritó—. ¡Yo soy la más fuerte del bosque!

    Pero el viento no se detuvo. Sopló con más fuerza, hasta que con un gran crujido… ¡CRAAAC!… la poderosa Encina se partió y cayó al suelo.

    Al día siguiente, cuando volvió la calma, el Junco seguía en pie. Miró con tristeza el gran tronco de la Encina en el suelo.

    —Ser fuerte es bueno —susurró—, pero también lo es saber cuándo ceder… Ser humilde no es ser débil, es saber adaptarse.

    Y así, el Junco vivió muchos años más, enseñando a otros que todos tienen valor, y que la sabiduría, a veces, está en ser flexibles.

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  • Los hermanos Grimm y el secreto de los cuentos encantados

    Los hermanos Grimm y el secreto de los cuentos encantados

    ¿Sabías que los cuentos que conocemos hoy como “de hadas” fueron escritos por dos hermanos muy curiosos?

    Jacob y Wilhelm Grimm fueron dos hombres que vivieron hace muchos años en Alemania. Les encantaba escuchar historias, aprender palabras nuevas y descubrir cómo hablaban y pensaban las personas de su país. Gracias a ellos conocemos muchos cuentos mágicos que hoy siguen encantando a niñas y niños de todo el mundo.

     ¿Quiénes eran los Hermanos Grimm?

    Jacob era el mayor y muy serio. Le gustaba estudiar el idioma alemán como si fuera un tesoro escondido. Wilhelm era más tranquilo y amaba escribir y darle forma a los cuentos para que fueran más lindos.

    Vivieron juntos casi toda su vida. Incluso, cuando Wilhelm se casó, Jacob siguió viviendo con él. Eran inseparables.

    ¿Sabías que…?

    Aquí te cuento algunos secretos sobre ellos:

    No inventaron los cuentos
    ¡Los escuchaban! Muchos venían de personas que los sabían de memoria, como una señora llamada Dorothea, que escuchaba numerosas historias de los pasajeros que se alojaban en la posada de su padre.

     Al inicio los cuentos eran muy diferentes de como lo conocemos hoy
    ¡Mucho más oscuros! Algunas versiones tenían sangre o castigos duros. Pero con el tiempo, los Grimm los cambiaron para que fueran más suaves y bonitos para los niños.

    Reescribieron la colección de cuentos muchas veces
    Publicaron 7 ediciones distintas. En cada una añadían historias nuevas y corregían detalles, logrando reunir más de doscientas.

    Sus cuentos eran parte de algo más grande
    Querían que el pueblo alemán recordara sus raíces, sus palabras, sus canciones y sus historias.

    ¿Cuál es tu cuento preferido de los hermanos Grimm?

    Cuéntamelo en los comentarios

  • La Leyenda del Algodón

    La Leyenda del Algodón

    Hace mucho, mucho tiempo, los antepasados de los pueblos indígenas norteamericanos vivían felices en una región llamada el Gran Chaco. Allí, el clima era siempre suave, como si la primavera nunca se fuera: no hacía calor ni frío, y todo estaba lleno de flores, frutas y cantos de aves.

    Los indios tobas vivían en armonía con la naturaleza y estaban muy agradecidos, por eso ofrecían regalos al dios de la luz, Naktanoon, quien les daba calor, vida y alegría.

    Pero no todos estaban contentos…

    Muy lejos de allí, Nahuet, el dios de las tinieblas, se puso celoso al ver cuánto querían los tobas a Naktanoon. Y, un día, decidió vengarse. Sin avisar, hizo que el invierno llegara al Gran Chaco por primera vez.

    El cielo se cubrió de nubes oscuras, el sol desapareció, y la tierra se volvió fría. Los árboles se quedaron sin hojas, los animales desaparecieron, y el hielo cubrió el suelo. La tribu no sabía qué hacer, ¡jamás habían sentido tanto frío!

    Entonces, reunidos alrededor del gran sabio de la aldea, decidieron pedir ayuda a su amigo: el dios de la luz, Naktanoon.

    Eligieron a cuatro indios muy bondadosos para hacer el viaje. Los acompañaron dos aves: el picaflor y la viudita, y dos plantas: el palo borracho y la planta del patito.

    Cuando llegaron, Naktanoon los escuchó con atención y les dijo con voz amable:

    — No puedo quitar el invierno, pero sí puedo ayudarlos a resistirlo. Crearé una planta especial, con flores blancas y suaves, que nacerá incluso durante el frío y le servirá para tejer prendas para abrigarse.

    Y así, con la ayuda del viento y los recuerdos de sus amigos, Naktanoon creó una flor mágica. Era suave como las plumas de la viudita, brillante como el picaflor, blanca como los capullos del palo borracho y cálida como la planta del patito.

    Cuando los mensajeros regresaron al pueblo, vieron que de la tierra estaban creciendo unas plantitas con bolitas blancas como nubes pequeñitas: ¡era el algodón!

    Desde entonces, los tobas aprendieron a tejer mantas y ropas calentitas para pasar el invierno. Y así, gracias a su fe y a la generosidad de Naktanoon, nunca más tuvieron miedo del frío.

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  • El rey que no podía dormir (Reseña)

    El rey que no podía dormir (Reseña)

    Adaptación libre del cuento medieval incluido en la colección Disciplina Clericalis de Pedro Alfonso (siglo XII).

    En esta historia sencilla y encantadora, un rey poderoso enfrenta un problema muy humano: el insomnio. Nada parece ayudarlo a conciliar el sueño, hasta que un sabio narrador llega a su palacio y le cuenta una historia cuidadosamente diseñada -no para entretenerlo- sino para calmar su mente.

    El relato dentro del relato-una especie de “cuento infinito”- gira en torno a un pastor que cruza un rebaño de dos mil ovejas por un puente angosto, de dos en dos, describiendo cada paso con minucioso detalle. La repetición rítmica y la lentitud del relato funcionan como una suerte de arrullo literario, hasta que el rey finalmente se duerme.

    Aunque breve, esta historia transmite con ternura el poder de la palabra dicha con intención: no toda narración busca emocionar o impactar; a veces, contar sirve para acompañar, consolar, calmar.

    ¿Por qué compartir este cuento con los niños?

    • Invita a reflexionar sobre el valor de la paciencia, la escucha y el arte de contar.
    • Transmite una idea poderosa: lo repetitivo y lo simple pueden ser profundamente sanadores.
    • Introduce a los niños, sin que lo sepan, a una joya literaria medieval y a la tradición de los cuentos dentro de cuentos.

    📚 Recomendado para:

    • Niños y niñas a partir de 5 años.
    • Actividades de lectura nocturna o relajación.
    • Primer acercamiento a relatos con estructura de “cuento marco”.

    ¿Te interesa la historia?
    En la Biblioteca Secreta encontrarás una versión para imprimir, con actividades especiales para disfrutar con tus hijos.
    ¡Es gratuita para suscriptoras!

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  • El rey que no podía dormir

    El rey que no podía dormir

    Versión infantil basada en Disciplina Clericalis, siglo XII

    Había una vez un rey poderoso que tenía de todo: un palacio gigante, jardines llenos de flores, músicos que tocaban canciones suaves… Pero había algo que el rey no podía conseguir: ¡dormir!

    Cada noche, por más que lo intentaba, se daba vueltas en la cama, suspiraba, y contaba hasta cien… ¡pero el sueño no venía!

    —¡Llamen al sabio del reino! —ordenó—. Necesito que me cuente una historia que me ayude a dormir.

    Y así llegó el viejo narrador, un hombre tranquilo, de voz pausada.

    —Majestad, esta noche le contaré un cuento muy especial —dijo sonriendo—. Pero es largo… muy largo…

    El rey se acomodó en su cama, curioso. Y el narrador empezó:

    —Había una vez un pastor con dos mil ovejas. Cada día debía cruzarlas por un puente angosto para llevarlas a un campo mejor. Pero el puente solo permitía pasar de una en una.

    —Una oveja bajaba al puente, cruzaba despacito guiada por el bastón del pastor, luego subía por la colina, y entonces el hombre iba por la siguiente.

    El narrador hablaba con tanta calma, y con tantos detalles, que el rey comenzó a imaginar las ovejas: blanquitas, suaves, caminando en fila.

    —Una más bajaba… cruzaba… y subía…

    El rey ya tenía los ojos cerrados.

    —Una más bajaba… cruzaba… subía…

    Y antes de que el sabio llegara a contar la oveja número veinte… el rey ya roncaba dulcemente, soñando con un rebaño infinito cruzando un puente de nubes.

    El sabio sonrió en silencio, se puso de pie… y salió del cuarto sin hacer ruido.

    ✨ Moraleja: Lo más simple y repetitivo puede calmar la mente y ayudarnos a descansar. Solo hace falta un poco de imaginación… y muchas ovejas pacientes.

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  • El viejo necio que movió las montañas

    El viejo necio que movió las montañas

    Había una vez un anciano llamado Yu Gong que vivía con su familia en un pueblito rodeado de montañas. Frente a su casa había dos montañas tan grandes y empinadas que para salir al pueblo, él y su familia tenían que dar un gran rodeo todos los días.

    Un día, Yu Gong se cansó de ver aquellas montañas que hacían su vida tan difícil. Se levantó temprano y dijo:

    —¡Voy a mover estas montañas, piedra por piedra!

    Sus vecinos se rieron.

    —¡Eso es imposible! —le dijo uno—. Eres viejo, ¡no terminarás ni aunque vivas cien años!

    Pero Yu Gong no se rindió. Cada día, con la ayuda de su esposa, sus hijos y nietos, cargaba rocas y tierra para llevarlas lejos. No se quejaba. Aunque el trabajo era duro, su corazón estaba lleno de esperanza.

    Pasó el tiempo. La gente se acostumbró a ver a Yu Gong y su familia trabajando. Algunos seguían burlándose, pero otros empezaron a admirar su esfuerzo.

    Un día, los dioses del cielo vieron al viejo y se sorprendieron:

    —¡Qué corazón tan fuerte tiene este hombre! —dijo uno—. ¡No se ha rendido ni un solo día!

    Entonces, los dioses decidieron ayudarlo. Con un gran trueno y viento, levantaron las montañas y las alejaron de su casa.

    Desde ese día, el camino quedó plano y libre. Yu Gong siguió viviendo tranquilo, sabiendo que con paciencia y esfuerzo, incluso lo imposible se puede lograr.

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  • La tortuga y los dos cisnes

    La tortuga y los dos cisnes

    Versión adaptada del Panchatantra

    Había una vez una tortuga que vivía en un estanque rodeado de árboles y flores. Aunque llevaba una vida tranquila, hablaba todo el tiempo, sin parar.

    Un día, dos cisnes blancos descendieron del cielo y se posaron en el estanque. La tortuga, curiosa y habladora, les hizo miles de preguntas. Los cisnes, amables y sabios, respondían con paciencia.

    Con el paso de los días, se hicieron amigos. Pero llegó una temporada muy seca, y el agua del estanque comenzó a desaparecer. Los cisnes decidieron volar a un lago lejano y fresco, y querían llevar a la tortuga con ellos.

    —Pero… ¿cómo volaré yo, que no tengo alas? —preguntó preocupada la tortuga.

    Los cisnes pensaron una solución: llevarían un palo fuerte entre sus picos, y la tortuga se sujetaría con la boca en el centro. Pero le advirtieron algo muy importante:

    —No hables durante el vuelo, por nada del mundo. Si abres la boca, caerás.

    La tortuga aceptó. Estaba decidida a llegar al nuevo lago.

    Así, los cisnes tomaron el palo con sus picos, y la tortuga se agarró fuerte en medio. Volaron por el cielo, sobre campos, casas y colinas.

    La gente, al ver algo tan curioso en el aire, comenzó a gritar:

    —¡Miren! ¡Una tortuga volando! ¡Qué raro!

    La tortuga quiso responder, como siempre. Quería explicar que eran sus amigos quienes la ayudaban, que ella también tenía algo que decir…

    Abrió la boca para hablar… ¡y cayó al suelo!

    La tortuga y los dos cisnes nos enseña la importancia del autocontrol

    Por suerte, no se hizo daño, pero se sintió triste y avergonzada. Más tarde, cuando los cisnes regresaron a buscarla, ella ya había aprendido una gran lección:

    —A veces, lo más sabio es guardar silencio —dijo la tortuga—. Pensar antes de hablar puede salvarnos de caer.

    Los cisnes sonrieron y esta vez, cuando alzaron el vuelo juntos, la tortuga no dijo ni una palabra.

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  • El secreto de la serenidad

    El secreto de la serenidad

    En una aldea tranquila entre montañas, vivía un niño de once años llamado Marek. Era inteligente y generoso, pero tenía un problema: su carácter estallaba con facilidad. Si algo no salía como quería, se enfadaba tanto que gritaba, discutía o se iba con el ceño fruncido.

    Un día, mientras jugaba fútbol, un amigo no le pasó la pelota. Marek se enojó tanto que empujó al niño y gritó:

    —¡Siempre haces lo mismo! ¡Parece que no existo!

    Sus amigos se quedaron en silencio. Uno de ellos le dijo:

    —Marek, solo estábamos jugando… No es para tanto.

    Pero Marek ya se había ido, pateando piedras y con los ojos llenos de rabia.

    Esa tarde, su abuela le habló con calma:

    —Pequeño león, no puedes seguir dejando que la furia te controle. Hay una mujer muy sabia, vive más allá del bosque. Quizás ella pueda ayudarte.

    Marek aceptó. Quería cambiar, aunque no sabía cómo.

    Al día siguiente, fue en busca de la mujer. Caminó bajo el sol hasta encontrar una cabaña sencilla rodeada de flores silvestres. La mujer, de rostro arrugado y ojos sabios, lo esperaba sentada bajo un árbol.

    —Bienvenido, Marek. ¿Qué te trae por aquí?

    —Me enfado por todo. No quiero, pero no sé cómo evitarlo —respondió él.

    La mujer lo miró con una sonrisa serena y le dijo:

    —¿Podrías mostrarme tu ira ahora mismo?

    —¡No puedo hacerlo ahora! No estoy enojado.

    —Para ayudarte, necesito ver tu enojo. Regresa cuando te sientas enfadado.

    Al día siguiente, tras regresar de la escuela, Marek volvió a pelear con sus amigos. Estaba realmente enfadado, pero recordó lo que le había dicho la mujer sabia, y corrió colina arriba para mostrarle su ira.

    —¿Ahora sí puedes mostrarme tu rabia?

    —No sé qué sucedió, sentía muchísimo enojo, pero desapareció.


    —Entonces debes correr más rápido cuando aparezca tu ira, de lo contrario no podré ayudarte.

    Y así lo hizo. Marek volvió a enfadarse y corrió una y otra vez, pero pero la ira desaparecía cuando llegaba a la casa de la anciana.

    —¿Dónde está tu enojo ahora, Marek?

    —No lo sé… desapareció.

    La mujer sonrió.
    —Cuando el cuerpo se mueve, la rabia se va. Si quieres dominar tu enojo, deja que tu cuerpo lo ayude a salir. Corre, salta. La serenidad también se entrena.

    —¿Eso es todo?

    —Sí, eso es todo.

    Desde ese día, cada vez que Marek sentía la rabia subir, corría al árbol más cercano y volvía más tranquilo. Sus amigos lo notaron. Ya no gritaba, ni se enfadaba por todo.

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