Categoría: Cuentos sobre la naturaleza

Relatos para fomentar en los niños el amor por la naturaleza

  • La leyenda de la Luna y Kuatsumi

    La leyenda de la Luna y Kuatsumi

    Hace mucho, mucho tiempo, en el cielo vivía la Luna, una joven de luz brillante y mirada dulce. A su lado siempre estaba Kuatsumi, un espíritu alegre y bondadoso.

    La Luna y Kuatsumi eran inseparables: jugaban entre las estrellas, paseaban por los caminos de plata que forman los cometas y se contaban historias hasta quedarse dormidos bajo el manto del universo.
    Se querían tanto, que todos los astros los miraban con ternura.

    Pero había un espíritu que no compartía esa alegría. Al ver cuánto se amaban la Luna y Kuatsumi, empezó a sentir envidia. No soportaba verlos felices, y en su corazón creció un deseo oscuro: quería separar a la pareja para quedarse con la Luna.

    Una noche, el espíritu envidioso se acercó a Kuatsumi y le susurró:

    —Mira, ¿ves esas flores blancas en la Tierra? ¡Cuánto las contempla la Luna! Seguro que si tú se las llevaras, ella sería todavía más feliz.

    Kuatsumi, que solo pensaba en alegrar a su amada, no dudó ni un instante. Descendió hacia la Tierra en busca de aquellas flores, sin sospechar que nunca podría volver al cielo.

    Cuando la Luna preguntó por su amado, el espíritu le dijo con falsa compasión:

    —Kuatsumi bajó a la Tierra… pero no regresará jamás.

    La Luna sintió un dolor tan grande que decidió quedarse para siempre cerca del planeta, iluminando las noches. Desde entonces, cada vez que miramos al cielo nocturno, vemos a la Luna buscando con paciencia a su querido Kuatsumi, con la esperanza de volver a encontrarlo.

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  • La Leyenda del Algodón

    La Leyenda del Algodón

    Hace mucho, mucho tiempo, los antepasados de los pueblos indígenas norteamericanos vivían felices en una región llamada el Gran Chaco. Allí, el clima era siempre suave, como si la primavera nunca se fuera: no hacía calor ni frío, y todo estaba lleno de flores, frutas y cantos de aves.

    Los indios tobas vivían en armonía con la naturaleza y estaban muy agradecidos, por eso ofrecían regalos al dios de la luz, Naktanoon, quien les daba calor, vida y alegría.

    Pero no todos estaban contentos…

    Muy lejos de allí, Nahuet, el dios de las tinieblas, se puso celoso al ver cuánto querían los tobas a Naktanoon. Y, un día, decidió vengarse. Sin avisar, hizo que el invierno llegara al Gran Chaco por primera vez.

    El cielo se cubrió de nubes oscuras, el sol desapareció, y la tierra se volvió fría. Los árboles se quedaron sin hojas, los animales desaparecieron, y el hielo cubrió el suelo. La tribu no sabía qué hacer, ¡jamás habían sentido tanto frío!

    Entonces, reunidos alrededor del gran sabio de la aldea, decidieron pedir ayuda a su amigo: el dios de la luz, Naktanoon.

    Eligieron a cuatro indios muy bondadosos para hacer el viaje. Los acompañaron dos aves: el picaflor y la viudita, y dos plantas: el palo borracho y la planta del patito.

    Cuando llegaron, Naktanoon los escuchó con atención y les dijo con voz amable:

    — No puedo quitar el invierno, pero sí puedo ayudarlos a resistirlo. Crearé una planta especial, con flores blancas y suaves, que nacerá incluso durante el frío y le servirá para tejer prendas para abrigarse.

    Y así, con la ayuda del viento y los recuerdos de sus amigos, Naktanoon creó una flor mágica. Era suave como las plumas de la viudita, brillante como el picaflor, blanca como los capullos del palo borracho y cálida como la planta del patito.

    Cuando los mensajeros regresaron al pueblo, vieron que de la tierra estaban creciendo unas plantitas con bolitas blancas como nubes pequeñitas: ¡era el algodón!

    Desde entonces, los tobas aprendieron a tejer mantas y ropas calentitas para pasar el invierno. Y así, gracias a su fe y a la generosidad de Naktanoon, nunca más tuvieron miedo del frío.

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